REMEMORANDO: EL ARROYO DE PARQUE DEL PLATA, URUGUAY

EL ARROYO SOLIS CHICO

El internet se había ido, esta vez ya se estaba tardando mucho, pues generalmente lo hace por un ratito nada más, sin embargo ahora ya había entrado el atardecer y se había retirado antes del mediodía.

Me puse a escuchar la música que hacía un buen tiempo había bajado para hacer video, con el fin de ver si tenía algo para acompañar a un grillo comiendo, una historia que tal vez algún día contaré y esta vez la filmé pues se me hacía muy gracioso el verlo y el hecho que estuviera tan cerca mío, de mi cámara con total confianza.

Quién sabe por qué no aparecían los archivos y entre una cosa y otra, me metí a mirar unos de fotografía y de esa forma me encontré con una vuelta que había dado por el arroyo en Parque Plata, en Uruguay cuando había ido a la Policlínica  la cual queda muy cerca, cosa que me llevó a rememorar y decidir escribir sobre los recuerdos que tengo de ese paraje.

AQUÍ LES VA LA HISTORIA

Andaba por Uruguay, hace más de tres años ya, cuando en él estoy habito en Las Toscas, en la Costa de Oro, ese lugar sin igual que tiene ese departamento canario, Canelones donde el Río de la Plata baña con todo su intenso mar dulce esas playas privilegiadas, donde una arena blanca las corona.

Había ido a la Policlínica que está ubicada a unos kilómetros de donde vivo a hacerme los análisis de rutina, pues la verdad que la atención que dispensan en ella es muy buena, por lo menos en aquella época, por más que se quejaran de ella, eso sí, a mi ver parece que nunca han vivido en un lugar en donde no se tenga, donde la salud no esté cubierta y muchas veces la muerte es la única solución por no contar con dinero para que se le atienda, sin embargo esta es una nota al margen, pues no era de ello que iba a hablar.

Saliendo de ella como era temprano y llevaba mi cámara me acerqué hasta el Arroyo Solís Chico que se encuentra a una cuadra del lugar y si bien está muy cambiado, sigue siendo un espacio hermoso donde el arroyo tiene su desembocadura, abraza a su destino después de un largo peregrinar.

Empecé a ir para aquellos rumbos cuando era bebé apenas tenía unos meses de nacida cuando fui por primera vez de visita con mis padres a casa de un amigo de ellos en Las Toscas, un señor ya grande, fui durante mis primeros años y la recuerdo perfectamente pues estaba dentro de un pinar que era la vegetación que junto a las acacias eran las que se ganaban el paisaje.

Después mi padre compró un terreno a instancia de este amigo que siempre lo aconsejaba como si fuera un padre a falta de él y viendo como lo disfrutábamos no lo dudó.

El terreno estaba a unas cuadras de la playa, cuando ni siquiera se habían abierto las calles para llegar a él y luego a la construcción que mi padre hizo, había que dejar el auto como a cinco cuadras que era la entrada que tenía el balneario y luego cargar con todo lo que se llevaba cruzando el bosque.

Llegar a ella era una liberación, no había luz, no había autos, no había absolutamente nada que perturbara el poder estar en completa libertad de andar subiendo y bajando dunas, trepando árboles, sin miradas que juzgaran, con ropas de juego todo el día sin tener que andarlas cuidando, era como llegar a otra dimensión.

A mi padre le gustaba la pesca, era muy aficionado a ella y un gran pescador, para la pesca grande solía ir a otros lugares a hacerlo como a la corvina o a cosechar el mejillón gigante de entre las rocas.

Era en las cuevas de Punta Ballena a donde solía ir, una península hermosa que está cerca de Punta del Este, ahora le dicen las grutas, que en aquel momento solo las usaban algunos pescadores de la zona para pernoctar en ella u otros como mi padre que llegaban de otros lados.

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Foto tomada de internet

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Algunas veces nos llevó, nos quedábamos en una cueva, una experiencia bien extraña el habitar un espacio no muy grande pero dentro de las rocas.

Había recuerdo, un inquilino permanente, para él eran su casa y se encargaba de tenerlas limpias, lo más confortables posibles, pues había una caverna principal y luego otras más pequeñas, traía el agua y los que llegaban le daban la comida y  lo ayudaban con algo para que pudiera permanecer en ellas.

Era un hombre muy taciturno, difícilmente hablaba, parecía un ser muy primitivo, nadie sabía nada de su historia, ni de donde había llegado, ni que hacía ahí, eso sí conocía el espacio como a la palma de su mano y no le molestaba compartir con quien llegara y serle útil.

Recuerdo muy bien esa primera vez que fuimos a la pesca de la corvina negra, donde todo el día pasamos comiéndola asada que era una delicia.

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Era un lugar despoblado, donde el sonido del mar uno lo tenía al lado, se despertaba y se dormía con él, era bastión  de paz, creo que de esa experiencia quedé fijada en el gran gusto que me dan las cuevas, por esa parte prehistórica que lleva el vivir en ellas, pero esto es otra historia.

Desde ahí ver las puestas de sol era un encantamiento, como el cielo se teñía de colores, mientras paulatinamente se iba obscureciendo y comenzaban a aflorar las estrellas, una maravilla ver el firmamento en ese espacio abierto.

Cuando estábamos en Las Toscas, solíamos ir al Arroyo como se le llamaba en las tardes sobre todo en el invierno pues no estaba tan abierto como en la playa donde había veces que el frío no lo permitía, en cambio ahí se estaba más cobijado, se disfrutaba del sol que calentaba en paz y tranquilidad.

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Pasábamos por la panadería a comprar algún rico pan y rumbeábamos a tomar la merienda, el mate, el café, la leche y mi padre y hermano a  pescar.

Viejos recuerdos fueron viniendo a mi mente.

Me fui caminando por su orilla, recordando aquellos paseos en mi infancia, con gran regocijo miraba cada cosa con la que me topaba y me hacía regresar a aquellos momentos, hasta que llegué a la playa.

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Contemplaba al arroyo fluir rumbo al mar, para encontrarse con él después de un largo camino de viajar sin detención, del otro lado de donde estaba se veían las dunas altas, esas hermosuras que año con año crecen, pues no las recordaba tan grandes de pequeña.

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Fui dando la vuelta hasta el lugar a donde podía bajar rumbo a la arena para llegar exactamente al espacio de su desembocadura, donde el arroyo y el mar se encuentran y se mezclan como un par de enamorados en un abrazo eterno donde a cada momento cambian y se regocijan por ello.

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Quedé extasiada observando esos planos marcados que se sucedían dando un paisaje de calma, futurista, sosegado, embellecidos por los azules del cielo y el mar, el blanco ocre de la arena y…

CONTINUARÁ…

DESDE MÉXICO

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Agradezco las fotos tomadas de internet

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GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!

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10 comentarios en “REMEMORANDO: EL ARROYO DE PARQUE DEL PLATA, URUGUAY

    1. Gracias Ana, son lugares muy bellos, muy naturales, más allá que ya está muy edificado pero aun mantiene ese ambiente simple y sencillo. Ahí viví una parte de mi vida, cuando era muy agreste y casi no había casas. Te mando un abrazo grandote

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