HORACIO QUIROGA: LA LLEGADA A SU CASA (3)

«A dos pasos de mí, los bananos cargados de flores
dejaban caer sobre la tierra las gotas de sus grandes
hojas pesadas de humedad.  Más lejos, tras el puente,
la mandioca ardida se erguía al fin eréctil, perlada de
rocío. Más allá aún, por el valle que descendía hasta
el río, una vaga niebla envolvía la plantación de yerba,
se alzaba sobre el bosque, para confundirse allá abajo
con los espesos vapores que ascendían del Paraná tibio…»

*

Misiones nos recibió con un calor asfixiante que pocas veces había sentido, se dificultaba el caminar como si cada sorbo de aire se volviera una masa caliente que entraba al cuerpo y que no se podía soplar para que enfriara. Era sofocante, a cada paso había que detenerse unos instantes.

El autobús en el que habíamos viajado de Montevideo a las Cataratas del Iguazú y ahora estaba de regreso, se había detenido en las Ruinas Jesuíticas, en el Norte de Argentina, el primer paso que llevó a Quiroga a descubrir ese paraíso que se volvería su tierra y lo llevaría a establecerse en esa jungla la cual lo inspiraría para gran parte de su obra, escudriñaría en ese ambiente en muchos momentos muy parecido a su alma, en donde la vida y la muerte se presentaban como algo natural por un lado y por otro un juego aterrador, ese equilibrio endeble que muchas veces se volvía cruel y sádico como la tragedia en que su propia existencia lo imbuía.

*

*

Retomamos el camino y llegamos a ese punto por el cual había elegido en gran medida para realizar este viaje: la casa de Quiroga

Por un sendero se llegaba a su casa donde se veia un gran laberinto de tacuaras, que centraba la atención, en la actualidad es el camino por el cual se entra.

Me llamó tanto que fui a meterme dentro de él, a recorrerlo, a visualizar los juegos de luces que en él se encontraban jugando una suerte de preparación, que mostraba el espíritu de quién lo había conservado y mantenido, que hacía entrar en la parte salvaje y enmarañada, que era como una puerta que se abriría para descubrir ese refugio escondido.

*

Sendero de tacuaras por el que se entra en la actualidad a la Casa Museo de Horacio Quiroga

*

El fresco que allí se sentía lograba regresar el alma al cuerpo, increíble lugar para quedarse en él respirando por un rato y sumergirse en ese mundo que lo había abierto como el escritor que logró trasmitir una expresión nacida de allí mismo.

*

«Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las
ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los
pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron
bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados
estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.»

*

Con ingenuidad e inocencia pudo escribir cuentos para niños, para sus hijos que luego se volvieron parte del mundo imaginario de pequeños de todo el mundo a los que cautivaba introduciéndolos en el conocimientos de los animales, del espacio en que habitan, de la forma en que lo hacen, por otro lado estaban esos relatos que entraban de plano en la parte cruel esa que estaría detrás de esa simple visión, que se agazapa y que emerge cuando uno menos se lo espera.

La espesura misteriosa e inesperada que tienta con sus mieles para ser luego bocadillo dulce de otros habitantes, como «la corrección» que así se le llama a esa horda de hormigas carnívoras que llegan y se comen todo aquel ser que encuentren en su camino, muy bien mostrado en «La miel silvestre», uno de sus cuentos, que por un momento espeluzna a quien lo lee y lo deja con la boca abierta.

«—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!…
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras
sus facultades, a lo que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo
oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su
memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una
suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo…»

«No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o
paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico,
y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición; tal el
dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir Benincasa.»

La muerte y la jungla, las dos grandes de sus narraciones, que lo llevan a crear un lenguaje selvático, un universo donde los animales hablan y piensan sin perder su esencia, una forma de mostrar su pasión por la naturaleza, por el paisaje, por ese mundo salvaje lleno de hermosura y descarnado, en una lucha feroz entre sus habitantes y el hombre.

Quiroga tiene siempre a la muerte como protagonista, es su compañera, es quien a partir de todos los hechos trágicos que marcan su vida lo vuelve su voz.

Caminando lentamente se abrió ese mundo, detrás de esas altas tacuaras que cimbraban bajo el efecto de una brisa suave, se abrió al césped y el palmar, ese paisaje que el mismo había plantado, rodeado de la selva misma.

*

*

Ahí se veía su casa, su construcción, ahora su museo que aún guarda parte de él, de sus objetos, de sus devaneos, de sus momentos de ensimismamiento.

La guía iba hablando de su historia y todos la seguían era momento para hacer el tour al revés, para irse encontrando con sus vivencias en la soledad sin que muchas personas transitaran el espacio y poderse sumergir en ese mundo sutil.

Recorrerlo como si una huella invisible fuera la encargada de irlo mostrando, susurrando sin voz, dejando que solo la intuición llevara al encuentro.

Llegué al taller a ese que era otro de sus refugios en donde creaba con sus manos desde inventos inservibles como una máquina para exterminar hormigas y los objetos necesarios, donde sus manos lo sumergían en otro aspecto de la creación esa que busca lograr profundizar en ese cuento que se está conformando entre la cabeza y el corazón y que sale de repente en un solo instante donde plasma ese equilibrio entre los dos.

*

*

Seguí caminando dando vueltas, encontrándome por instante con su huella, con ese deambular solo, meditativo, dentro de sí mismo, inmerso en ese mundo hechizante y agobiante.

*

 «Esa mañana el sol brilló, pero no amarillo, sino anaranjado, y a mediodía no se le vio más. Y la lluvia llegó, espesísima y opaca y blanca como plata oxidada, a empapar la tierra sedienta.
Diez noches y diez días continuos el diluvio se cernió sobre la selva flotando en vapores; y lo que fuera páramo de insoportable luz, se tendía ahora hasta el horizonte en sedante napa líquida. La flora acuática rebrotaba en planísimas balsas verdes que a simple vista se veía dilatar sobre el agua hasta lograr contacto con sus hermanas.»

*

Llegué hasta la casa, todos se habían ido, el recorrido iba rumbo a donde ya había visitado, me paré un momento a mirar desde ella ese paisaje donde a lo lejos el río se divisaba. Lo imaginé lloviendo, como en muchos de sus cuentos lo evoca, en esa suerte de agua que cae del cielo y no para, donde todo lo inunda la humedad, que por días y días no deja divisar un solo rayo que pueda en un instante detener esa desolación.

*

*

Encerrado dentro de uno mismo solo se puede contemplar, divagar, aguardar que el cielo se logre condoler del reino animal y deje de llorar, ese llanto interminable, momentos para aprender de la soledad húmeda con aroma a tierra mojada inundada, donde da cuenta de que todo exceso no beneficia para nada, ni siquiera aquellos que se guardan en el alma.

*

«Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se entreabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos. Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará de un metro cincuenta”

*

Sin embargo, no todo habría sido calor y lluvia, terror y muerte, también se abría la aventura, la exploración, el descubrir de nuevos elementos que hacían despertar a los sentidos, las noches estrelladas que se volvían hechizantes, donde miles de pequeños puntos luminosos se extendían a lo lejos y hacían que el alma vagabundeara por el universo.

Mirar de nuevo su manuscrito, su letra finamente entrelazada, sus objetos, su máquina de escribir ya desgastada, sus botas, fotos de él con su barba enmarañada que lo iba a caracterizar en su vida, irreverente frente a esa sociedad de la que se había alejado para poderse encontrar como escritor y como ser abrumado por la persecución despiadada de la muerte.

*

*

La que no solo caminaba a su lado, sino que teñía su andar, con sus actos le iba mostrando ese destino siniestro que lo acompañaba, al cual debía aceptar y volverlo palabras.

«Quiroga eligió sin saberlo un destino de destierro para poder buscar y encontrar al fin su verdadero suelo.» Allí pudo por fin unir su vida y su obra.

«Los yuyos no existen -había dicho una vez- son plantas que no están en su sitio.»

«Fuera de Misiones, Quiroga se sentía como un yuyo; en Misiones se convirtió en profunda planta tropical.»

Quedé ahí parada, percibiendo la música de Wagner en ese Tristán e Isolda que tanto habían inspirado a Quiroga, esa admiración entrañable a la que lo sometía el compositor, tal vez porque a través de él vivía ese amor y muerte entrelazados, lo arrollaba con su misterio que enternecía por un lado y evocaba también ese lado lúgubre que lo encerraba, lo intimidaba y lo envolvía llevándolo al más sublime sentir del corazón.

La selva vibraba en esa música se abría en un eco que se fusionaba con el cielo.

*

*

«Todo esto me era bien conocido, pues era mi vida real.

Y caminando de un lado al otro, esperé tranquilo

el día para recomenzarla.»

*

La visita había llegado a su fin, era hora del regreso, desandar el camino guardando dentro esa maravilla de encuentro.

Desde México

*

HORACIO QUIROGA: CUENTOS DE LA SELVA

HORACIO QUIROGA: DE VIAJE A LA SELVA MISIONERA (1)

HORACIO QUIROGA: CAMINO A LAS RUINAS JESUÍTICAS (2)

HORACIO QUIROGA: SU OBSESIÓN POR LA MUERTE

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8 comentarios en “HORACIO QUIROGA: LA LLEGADA A SU CASA (3)

    1. Sí, Ana así lo fue, ahí vivencias realmente lo que lo llevó a escribir esa maravilla de historias, unido a esa vida que le tocó vivir. Hermoso momentos vivido, al igual que el haber tenido la oportunidad de adolescente de haber tenido sus manuscritos en mis manos. Un abrazo grande y gracias

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    1. Fue hace muchísimo tiempo, extraído del baúl de los recuerdos, me gustó rememorarlo y más haber estado allí, conocerlo, es algo que agradezco, a esa magia que tiene la vida, que así de la nada sin esperarlo, te da la posibilidad. Gracias Ruth, un abrazo grande

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