HORACIO QUIROGA: CUENTOS DE LA SELVA

«Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo».

El primer cuento de Horacio Quiroga me lo contó mi hermano no el que me leía, sino el otro, el que era un especialista en armar lo que fuera, en construir, el que se pasaba inventando con sus herramientas en las manos, tenía una habilidad increíble para crear juegos con diferentes cosas que encontraba que servían generalmente para recrear escenas de películas que habíamos visto como de Tarzán en la Selva, en donde cuerdas que colgaban de los árboles, eran las lianas que nos permitían viajar por los aires.

En la casa había dos ciruelos y uno de ellos tenía casi en la base de donde salían las ramas una superficie en donde se podía construir una casa, mi hermano hizo una plataforma de madera y arriba de ella como si fuera una cabaña, de las ramas más altas surgían las lianas que llevaba al otro árbol hermano que lo acompañaba, la forma en que estaban colocadas permitía  hacer un circuito por ellas e imaginarnos en la jungla desplazándonos sobre los árboles, una gran aventura en esos días de vacaciones de invierno donde el sol permitía poder disfrutar el afuera.

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Mi madre solía en esa época sentarnos todos los días, que el clima lo permitía, un rato en los escalones de entrada a la casa para que tomáramos el sol y fijáramos la vitamina D, tan temida por el raquitismo que en ese momento abundaba entre los niños de nuestras edades y mientras allí estábamos nos daba un pequeño platito donde generalmente había hojas de lechuga, un jitomate, un huevo, papa o algunas frutas picadas.

Cuando en eso estábamos siempre hablábamos de ideas que nos surgían para los juegos o él como ya estaba en la primaria me contaba sobre hechos de la  historia que le enseñaba su maestra, salvo que en su caso, la representaba y la narraba como si él fuera uno de los personajes que la llevaron adelante, eso sí no era de los importantes, por el contrario generalmente lo encontraban cuando pasaban cerca de donde estaba, también me solía relatar algún cuento que le habían leído.

“Toma a los personajes  de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que elcamino que les trazaste, no te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver, no abuses del lector, un cuento es una novela depurada
de ripios, ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea”.

Un día comenzó a narrarme un relato, era de un hombre que se había ido a vivir a la selva porque en la ciudad el médico le había recomendado el campo como forma de curarse de una enfermedad y debilidad que padecía.

El hombre decidió irse y al llegar al lugar se hizo una casa muy rústica, cerca del río y comía todo lo que tenía a su alrededor, en poco tiempo se empezó a sentir mejor.

Un día encontró junto al río a un tigre que quería comerse a una tortuga gigante, él le disparó y lo mató y se llevó a la tortuga cargando a su campamento para cuidarla y curarla.

Más allá que tenía mucha hambre no se la comió, sino que la alimentaba y la curaba.

Cuando la tortuga mejoró el que enfermó fue él y ahí la tortuga lo cuidó, pero no mejoraba y escuchó decir al hombre en el delirio que para curarse debía regresar a la ciudad que quedaba bien lejos.

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La tortuga lo cargó en su caparazón y partió rumbo al destino marcado para encontrar a alguien que la ayudara.

Al fin llegaron a un zoológico donde un cuidador los encontró,  asistió al hombre y protegieron a la tortuga quien se quedó viviendo ahí y el hombre la visitaba.

Tal fue el encanto de ese cuento, “La tortuga gigante” que no se me volvió a olvidar en mi vida y la alegría de descubrir a su autor, Horacio Quiroga y además mi hermano que me dice, «Hay un libro de él en la casa, «Cuentos de la Selva»», entonces me nació el querer aprender a leer para poder tener acceso a sus cuentos cuando quisiera.

«No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.»

Así llegó Quiroga a mi vida, relatado por un ser que era un cuentacuentos natural, que sus historias las volvía tan vívidas que uno se sentía parte de ellas.

Apenas pude comencé a leer sobre él. Otra vez, mi mismo hermano me contó otro cuento que me dejó espeluznada, «El almohadón de Plumas», ya habíamos crecido, a él en la escuela le dejaban lecturas más avanzadas y como sabía que a mí me gustaba mucho Quiroga, me la contó.

La protagonista que enferma es víctima de un animal extraño que vive en el almohadón y se alimenta de la sangre, llega un momento que no pueden ni siquiera remover el almohadón por su gran debilidad, ella muere y cuando esto sucede al sentir el peso que tiene lo parten y ahí descubren la causa de su muerte, al derramarse toda la sangre guardada.

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«Cuentos de amor locura y muerte», otro libro que sin importar la edad en que estaba lo logré leer muy rápidamente, me envolvía la forma de escritura que tenía, ese irme poco a poco metiéndome en la historia, sintiendo lo que en ella sucedía como si fuera parte de ella.

Quiroga se volvió lo máximo en mi vida, siempre andaba buscando libros y cuentos de él para leerlos, así descubrí, «Los desterrados», «Historia de un amor turbio», «Pasado Amor», «El desierto» y muchos otros, algunos poemas, recuerdo que muchos de ellos los releí varias veces, dejando pasar un tiempo, ya que en mis tiernos años no todo lo entendía.

«Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo».

Para después empezar a interesarme por su vida, sabía que había nacido en el departamento de Salto en Uruguay, que desde muy pequeño lo persiguieron hechos trágicos en su familia, la muerte de su padre en un accidente de caza, luego el del padrastro con el cual se llevaba muy bien, el haber matado accidentalmente a su amigo Federico Ferrando, la muerte de dos de sus hermanos, el suicidio de su esposa y así sigue la lista hasta después de muerto, donde su amigo Leopoldo Lugones decidió irse también tomando veneno, al igual que su hija, su amor imposible Alfonsina Storni y cierre el círculo su hijo Darío.

“No escribas bajo el imperio de la emoción, déjala morir y evócala luego, si eres capaz de revivirla, tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”

Cuando mata a su amigo por accidente decide irse a vivir a Buenos Aires y ejerce como profesor de castellano en un colegio.

Como era un muy buen fotógrafo Leopoldo Lugones, un gran escritor argentino, lo invita a una expedición al Norte de Argentina a las ruinas de los jesuítas de San Ignacio, Misiones, zona selvática que cautiva a Quiroga, es como si hubiera encontrado su lugar en el mundo.

«Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón».

En su época misionera, además de escribir que es la única función que cumple con total orden y a rajatablas, de cumplir con todas las necesidades de subsistencia en un lugar en donde las condiciones de vida no eran para nada sencillas realizó muchas actividades, entre ellas ejercer como Juez de Paz y llevar adelante el Registro Civil, cosa que hacía con mucho desorden, ya que anotaba los actos que tenía que registrar en pequeños papelitos y los guardaba en una lata, de la misma forma que lo hacía con sus ideas para los cuentos, por lo cual muchos de los registros se extraviaron.

«Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia».

Era un hábil constructor por lo cual su casa la hizo él mismo, al igual que sus muebles, su canoa, creó hermosos espacios como el palmar pues el paisajismo era una de sus pasiones, cultivaba yerba mate, naranjas, orquídeas.

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Quiroga vivió buena parte de su vida en Misiones, cuya selva fue una de las grandes inspiraciones de su obra, quien lo moldeó como escritor, quién lo hizo vivir grandes desafíos, quien lo sometió a la soledad más intensa, quién lo hizo padecer infortunios y vivir momentos supremos, quien lo alejó de la civilización, sin embargo también fue: su gran refugio.

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Frases tomadas del «DECÁLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA», escrito por Horacio Quiroga como instructivo para los jóvenes escritores.

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CONTINUARÁ…..

DESDE MÉXICO

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Agradezco a quien corresponda las fotos tomadas de internet

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12 comentarios en “HORACIO QUIROGA: CUENTOS DE LA SELVA

  1. Recuerdo ese cuento de la tortuga gigante que nos enseña la perseverancia… aquellas lecturas, Themis, nunca se olvidan, también recuerdo el de las estaciones climáticas. Me encanta este autor y me alegra escuchar tus impresiones y experiencias. Te felicito una vez más, amiga. Gracias por traernos a Horacio Quiroga a la memoria. Mi abrazo fuerte.

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