CRÓNICAS DESDE EL PATIO: UN PADRE EXPERIMENTADO

Época de crianza

Cada día somos más, quien sabe en qué va a acabar esto si seguimos creciendo y se multiplican las crías que traen a comer en el patio.

Después de Brincos y su familia que eran de esos bien bulliciosos que se hacían notar apenas llegaban y que su hija, la Chilloncita como le llamaba, ya logró su autonomía y quién sabe qué fue de ella, me tocó ver a otro papá ya más curtido al cual no lo movilizan con facilidad, ni lo vuelven loco los gritos de su pequeña vástago todo lo contrario él se mantiene ecuánime y la educa desde otra perspectiva.

Estaba no recuerdo si escribiendo o leyendo o haciendo algo cuando veo entrar a Coquita que con paso muy sigiloso se va acercando a donde yo estoy y con una extraña danza que va para adelante, para luego retroceder, para luego volver a avanzar, para volver a regresar cerca de la puerta, ahí se para y me mira como quien no quiere la cosa, intuyo que me quiere comunicar que no hay comida y que bueno es hora que me ponga las pilas.

-¿Qué es lo que pasa?, ¿Cuál es el motivo de tanta insistencia?, ¿será acaso que no tienen comida?.

Da vuelta su cabeza, la pone de costado como diciendo:

-¿Me estás hablando?- ahí me recuerdo que no hay arroz hecho

*

*

Allá voy a prepararlo y veo que hay bastante comensales esperando que se abra el comedor que apenas me ven todos empiezan a bajar al piso sin embargo, no sentía que me vinieran a saludar sino a mostrarme que allí estaban con mucho apetito.

-¿Donde creen que están?,  ¿en la Fonda del Pinchazo?- les pregunto, pues me trajeron a colación el recuerdo de otros tiempos en donde me lo decían como reprimenda, me imagino por la acción de tomar algo de la comida que se estaba haciendo o quién sabe por qué pues no lo recuerdo.

Esas remembranzas que le brincan a uno pues quién sabe qué archivo abrió la computadora cerebral y lo llevó a otra época donde se ve que el comportamiento de las tortolitas indujo a ello.

Algo tan natural cuando uno va juntando años y la memoria se empieza a comportar a veces de forma extraña y se encuentra diciendo o contando situaciones de quién sabe cuándo, que a veces cuesta mucho explicar si tiene algún interlocutor qué relación tiene con lo que se estaba viviendo en ese momento y qué se quiso decir con ello.

Digan que aquí son las tortolitas y los gorriones que no les importan mucho las palabras sino las vibraciones y eso hace que uno se sienta con más confianza y no temerosa que ya la empiecen a ver como que le agarró alguna demencia senil.

Parece que estoy en el ¿quién sabe?, los años también traen aparejada la duda, como que ya se tiene que haber descubierto que la vida reserva sorpresas, si no se vuelve algo difícil lo nuevo sin haber adiestrado la flexibilidad.

Me empecé a reír, pues me gustaba que lo dijeran sobre todo por ese nombre que tenía: «La Fonda del Pinchazo».

Tal vez mi cerebro solo quería sacarme una gran sonrisa para liberar endorfinas, pues si bien no me sentía bajoneada, uno no sabe qué sustancias necesita para equilibrar su química, más allá que éstas nunca están de más, liberar lindos recuerdos y reírnos un poco ayuda a que circulen y nos den un levantón o nos den un ánimo de contento, tan necesario en estos tiempos.

De ahí me fui a recordar la historia que me contaron cuando con seguridad pregunté los motivos de esas palabras y ahí me enteré que era una fonda que había en Buenos Aires a principio del siglo pasado, también había una en Montevideo pero funcionaba diferente, donde se hacían unos pucheros enormes, además de la sopa típica por unas monedas más se le daba un pincho largo y el comensal podía introducirlo en la olla sin mirar y llevarlo hasta el fondo y sacar algún ingrediente sólido como chorizo, panceta, alita de pollo, hueso con carne. 

Comentan que a ella concurría Ángel Villoldo, quien compuso el famoso tango «El choclo», uno de los más populares junto con «La Cumparcita» y con un ritmo muy hermoso, muy de guardia vieja, cuya letra empieza con:

 

«Con este tango que es burlón y compadrito
Se ató dos alas las emoción de mi suburbio
Con este tango nació el tango y como un grito
Salió del sórdido barrial buscando el cielo
Conjuro extraño de un amor hecho cadencia
Que abrió caminos sin más ley que su esperanza
Mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia
Llorando en la inocencia de un ritmo juguetón»

*

Cuentan que así le puso pues siempre sacaba la mazorca de maíz que era lo que más le gustaba del puchero que ahí comía.

Retomando la rama que dejé atrás por irme por otra, les estaba narrando que un papá más experimentado hizo gala de sus enseñanzas a su pequeña hija.

La cual como cualquier otra empezó con sus tronidos desde el muro llamándolo.

*

*

Él llegó y se puso en una varilla, ella se subió hasta la de abajo, aleateaba y gritaba como hacen mostrándole lo hambrienta que estaba, él se le acercó como trasmitiéndole algo, enseguida la pequeñuela se quedó quieta, muy quietecita sin alterarse siguiendo el ejemplo de todos los que estaban alrededor.

*

*

Ya el arroz avanzaba y poco le faltaba, salieron como a dar la vuelta para regresarse al ratito nomás y volver asumir la misma actitud con total calma.

-¿Qué bien enseñada la tienes, aprendiste?- pues él también había pasado como el pobre Brincos por esos momentos de total desasosiego cuando en su primera crianza su pequeñuela creaba estruendos como cuando se suelta la alarma de un auto.

*

*

Para luego cuando el arroz salió ponérsela a alimentar con total calma, sin hacer muchos aspavientos, en verdad una muestra de sabiduría gorrionica.

*

*

Pero no a todos se les facilita la labor, hay otros pobres que todavía la padecen con esos hijos que complican las enseñanzas como en cualquier buena familia, donde siempre hay alguno que quiere las cosas a su manera.

Hay otra pareja de gorriones que vienen juntos con su única chicuela, así me parece pues solo los he visto con ella.

Se paran en el mismo sitio, en otras varillas, donde después de una cantidad de dires y diretes, pues se queda en el muro, brinca a la varilla, para volverse a ir y la llaman y ella se hace la que no comprende, quién sabe que se traen y en las que andan.

Eso sí, vienen los dos padres a alimentarla, cosa que se me hace algo extraño ya que la mayor parte de las veces veo a los papás pues tampoco las mamás se muestran, cosa rara por lo menos a mí se me hace. Estos papás parecen un poco sobreprotectores, a parte de primerizos y tal vez no tengan otro empolle que es lo que a veces sucede y la madre se queda en el nido.

*

*

Después de una larga de palabrerías aladas el papá baja a buscar la comida y bueno ella no siempre encuentra una postura para ser alimentada sin complicaciones, por el contrario hace que su progenitor haga una demostración de posiciones de acróbata para poder llegar a su pico e introducirle el santo alimento y que se calle.

*

*

Son bien chistosos sin lugar a dudas, dejan nota del aprendizaje que tienen que pasar, sea el animalito que sea para acoplarse a sus hijos sin haber tenido ninguna enseñanza previa pues como dijera Mafalda: «nos graduamos el mismo día».

Ahora el papayero, que para que decirlo está hecho una preciosidad con eso que está creciendo en forma horizontal con sus hojas y está dando muchas papayas, ya lleva más de veinte que salen del grueso tronco, les está sirviendo a los gorrioncitos  para cobijarse en él y de esa forma encontrar por unos segundos una refrescante sombra.

*

papayero

*

Así sigue el espacio, cada día más alborotado, más concurrido, más lleno de vida, en la tarde en la hora feliz, esa la del dos en uno, donde el alpiste y el arroz se sirven juntos, es como si se estuviera en una parque de alados por la cantidad que llegan y cómo se pasean.

MÉXICO

***

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2 comentarios en “CRÓNICAS DESDE EL PATIO: UN PADRE EXPERIMENTADO

  1. Cada día somos más Themis, en efecto en el entorno del hábitat humano parece que se multiplica el número de individuos. Esperemos que a menudo sea más para mejorar el mundo que para criar gorrones -gorriones consumidores compulsivos- con un insaciable apetito. Un abrazo.
    En efecto nos graduamos el mismo día, pero hija mía ¡Mira contigo ya lo hice por dos veces y nunca ví niña más llorona!

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    1. En todas partes cada día somos más, insaciables consumidores de lo que nos vendan, aquí en el patio veo como se multiplican ya casi triplicamos el comienzo, todo esto solo en el tiempo de la pandemia.
      Me reí mucho con esa puntada de «niña más llorona», un abrazo grande Carlos y gracias

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