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CRÓNICAS DESDE EL PATIO: LOS CARROS ALEGÓRICOS

El regreso de las arrieras

-Ven, mira- me gritaron desde el patio

Allá fui a ver qué era eso que pasaba y que no tenía que perderme, pues algo debería estar sucediendo que tal vez anunciaba un nuevo acontecimiento.

Ahí me quedé extasiada mirando la mano que giraba mientras un pequeñísimo espécimen de animalito caminaba alrededor de ella y entre los dedos.

Era una mantis religiosa, un ignorado nacimiento había ocurrido y una de ellas parecía que había logrado salvar el obstáculo de que se la comieran, ya fuera la madre o las hermanas que la precedieron en la salida, que ahí se quedan cuidándose a sí mismas para que las otras no se las deglutan y al acecho por si ellas pueden tomar algún alimento.

Por eso si logró sobrevivir es porque es muy fuerte, astuta y determinada en ese mundo sádico y caníbal del cual es miembro.

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mantis religiosa

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Me vino el recuerdo que tres de ellas fueron quienes nos recibieron cuando llegamos a esta casa  y estábamos sentados en los escalones que dan al patio viendo qué se iba a hacer.

En eso estaba recordando, cuando de repente frente a mi vi caminar tres hormigas arrieras. Daban vueltas, estaban como explorando.

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-Y ahora, ¿qué querrán estas?, ¿de nuevo las tendremos como vecinas?- le pregunto a mí misma, pues la verdad que me había alegrado cuando se fueron sobre todo por la enredadera pues había vuelto a retoñar y tampoco había derecho que se la comieran otra vez.

Eran la avanzada, se veía las que iban a dar el alerta de acuerdo a lo que encontraran.

Al rato en un descuido me encuentro que una de ellas tuvo la osadía de subirse a mi tabla de picar y se llevaba un poquito de verdura de la que tenía cortada, parecía como de muestra.

*

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-¿Qué te pasa? -le dije- ¿no vas a venir ahora con tu ejército a llevarte lo que estoy cocinando?.

Al otro día cuando me levanté y salí al patio, me di cuenta que había un grupo de ellas cortando hojas secas de esas que vuelan de la casa del vecino, desde una enredadera que cuelga, otras recogiéndolas y llevándolas a un pequeño agujero que habían hecho en otra parte del patio, no en el medio como la vez anterior sino un poco más resguardado.

Sin embargo eso no era todo, habían agarrado a la enredadera, que la pobre ya no sabe cómo mantenerse pues cuando ellas llegaron la primera vez como despedida en una noche cortaron todas sus hojas y la dejaron desnuda sin nada.

Luchó para sobrevivir y de nuevo se había vestido de verde, fuerte y bonita y en un ratito nada más, la volvieron a dejar pelona.

-Parece que llegaron para quedarse o por lo menos darse sus vueltas cada tanto – les decía mientras observaba el movimiento que se traían cargando lo que habían cortado.

Me quedé un rato mirándolas, frente a los hechos no nos queda otra cosa que reconocerlos y ya que ahí están encontrarles el lado bello, pues más allá se me hacen muy graciosas de como son capaces de cargar tanto, pues algunas de ellas tienen como la manía de demostrar que son más fuertes y llevan en su cabeza de todo un poco, les encanta cargar las plumas que sueltan las tortolitas.

Hay momentos que es tanta la carga que tienen que esperar que llegue ayuda para alivianar un poco el sobrepeso, acomodarlo y que se puedan equilibrar.

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Eso hace que de repente parezcan carros alegóricos surrealistas caminando por el patio cuando realmente logran agarrar la marcha.

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Hay momentos que son tantas que van cargando con elementos cortados de formas extrañas que parece un desfile de carnaval, al cual me quedo mirando como este otro que parece el vestido para alguna pasarela en donde se quiera ser original y llamar la atención.

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También me gusta ver como hacen bicicleta cuando quedan patas para arriba por la falta de equilibrio o por la brisa que las da vuelta.

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Eso sí, no se puede hacer nada, cuando agarran a una planta hasta que no le ven el fin no la dejan.

-Tranquila- le dije a la enredadera- veremos qué podemos hacer, ahora no queda otra que la calma y no dejarse abatir.

Frente a un hecho inminente solo nos resta reconocer y esperar el tiempo propicio para entrar en la acción. Ahora qué hacer con las hormigas pues dialogar con ellas es un acto imposible, francamente es perder el tiempo.

Ahora que el mini-huerto tiene elementos nuevos como el chayote que ya ha crecido bastante, cilantro que aún está bien pequeñito y la papaya que bien o mal sigue en la lucha por la sobrevivencia, llegaron ellas. Esperemos que no les guste las hojas de ninguna y las dejen crecer en paz.

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Ya tuve que dejar el carnaval para otro momento pues comenzaron las tortolitas a dar vueltas, impacientes querían su comida, sobre todo una de ellas, el Mandamás, que con su aullidito característico se hace notar, tiene la osadía que cuando no hay nada el agarra las piedritas del suelo, se para delante mío y me muestra como no puede comerlas.

No sé que se piensa, me es muy divertido verlo como ha logrado una forma de comunicación, de hacerse entender, de que reaccione, pues sabe que me tiene condicionada, enseguida voy y le ofrezco lo que quiere.

El otro día tuvo la intrepidez de meterse a la casa y no como lo hacía antes por la puerta y asomarse, sino que estaba la ventana abierta y por ahí entró volando se paró arriba de mi cabeza sobre el cortinero y desde ahí me miraba como diciendo:

-Levántate y ven a atendernos, ¿no ves acaso que ya es tarde y no nos has puesto comida?

Ni modo me levanté y ahí fui a ponerle lo que pedía, a él y a todos sus congéneres, eso sí no dejó de ser un peleonero, los sigue corriendo a los otros, aunque como cada día son más, tiene una tarea muy complicada pues mientras él se dedica a pelear con alguno los otros siguen comiendo y se acaban la ración y ahí es cuando de nuevo viene a demandar.

Yo los controlo con los chistidos y él muy descarado cuando lo siente se queda quietecito, quietecito en esa posición que usan mostrando sumisión y me mira por el rabillo del ojo.

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tortolitas

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-Sí, a tí es a quién le hablo, deja a los demás en paz- mientras se queda petrificado, para luego regresar a las andadas.

Lo que más me divierte es ver como los nuevos al sentir mi llamado de atención levantan vuelo, en cambio los antiguos esos siguen comiendo como diciendo: «yo no tengo vela en ese entierro», eso sí, si están haciendo algo inadecuado, se quedan paralizados.

Bueno, por aquí los voy dejando por hoy con todas estas novedades desde este mágico patio donde la vida acontece, lucha por la sobrevivencia y no se deja, pues aún hay mucho más anécdotas por contarles, en este devenir del día a día, sin embargo será para la próxima vuelta.

CONTINUARÁ……………

MÉXICO

***

CRÓNICAS DESDE EL PATIO: LA APARICIÓN

CRÓNICAS DESDE EL PATIO: EL VUELO NUPCIAL

CRÓNICAS DESDE EL PATIO: LAS ARRIERAS

CRÓNICAS DESDE EL PATIO: EL MINIHUERTO

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6 comentarios en “CRÓNICAS DESDE EL PATIO: LOS CARROS ALEGÓRICOS

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