desierto México_13

CAMINO AL MONTE: LA GRAN EXPLANADA

LA TORMENTA QUE PASA

 

«El cielo está enlutado

de opaco poncho de nubes

el día murió a lo lejos

lo están velando arreboles.»

 

Habíamos ido al monte después de varios días sin salir, cada vez se me nacen menos las ganas de estar afuera, más allá que por momentos recuerdo esos paisajes que se pierden entre cactus columnares y allá a lo lejos aparecen las montañas y  quisiera estar ahí.

Más allá hay algo que me dice que es hora de estar encerrado con uno mismo.

Los llevo en mi retina es indudable,  cuando los necesito me sumerjo en ellos y me voy desapareciendo de todo este mundo que me rodea, civilizado, de seres como yo humanos que lo conformamos y que hemos ido perdiendo todo ese sabor a tierra, que nos han ganado las pantallas, el mundo visto de lejos, más allá hay una vibración que hace a uno permanecer dentro, no solo de la casa sino de uno mismo.

 

 

«Los cerros devuelven ecos

del canto del chilicote

que perdido entre los yuyos

corea responsos tristes.»

 

Caminábamos alejándonos del pueblo, subíamos el cerro, a lo lejos se veían nubes de tormenta, grandes gotas empezaron a caer, por momentos parecía que iban a frustrar esa salida, más allá seguimos, nos perdimos por una serie de caminos, que cada vez más se estrechaban, cada vez más piedras dificultaban el ascenso, sin embargo nada nos detenía.

Iba callada, compenetrada con cada paso que daba no solo por la cantidad de piedras flojas que se encontraban y que no me podía dar el lujo de mal pisarlas y que me llevaran a trastrabillar, por otro tanto tiempo encerrada en mí misma, con pocas palabras dichas, donde uno empieza a darse cuenta que la mayor parte son innecesarias, que más vale a veces callarse la boca que decir cosas que luego se arrepienta o de ningún valor.

El diálogo interno ese también ha empezado a detenerse como si no quisiera decir nada, se da cuenta de lo infructuoso y muchas veces deja a la nada que se apodere del momento.

La canción andaba volando por los aires, se hacía cargo del pensamiento, dos sentires se juntaban era extraño el instante  como si algo dentro mío se fundiera y dejara brotar esos sentimientos de dos tierras que mi interior habitaba y que ahí dentro se volvían una.

 

-¿No trajiste la cámara?- me preguntan

-Sí, viene en el morral- sin embargo no quería perder la atención.

Seguimos el camino y en una vuelta, escucho

-Por aquí hay una piedra que dicen que tiene una pata de gallina, la he buscado y no la he encontrado, puede ser una huella de dinosaurio.

 

Pues por aquí anduvieron y en varios lugares dejaron sus huellas que se han petrificado.

Ahí nos pusimos a buscarla sin éxito, cuando de repente se nos aparece de la nada una señora mayor que andaba por el lugar y le preguntamos, sin embargo nos dice que hay que bajar y tomar el otro sendero para llegar a la piedra «Pata de gallina», lo dejamos para otro día, ahora a seguir subiendo,  la manguera gruesa por la que baja el agua a parte del pueblo era la guía.

Los cactus comenzaron a rodearnos y a lo lejos la montaña, la tormenta parecía que se avecinaba la que me había llevado al cielo enlutado pues se empezaba a poner negro.

 

 

«Ha muerto el indio poeta

silencio le hacen los erkes

y en los arroyos de Anta

lloran los sauces su muerte.»

 

Aquí no eran los sauces los que lloraban su muerte sino todas esas presencias columnares  que por cientos rodean todo el paisaje, más allá el sentir era el mismo.

Seguimos el camino, parecía no detenerse, cuando de repente delante de mis ojos se apareció un punto naranja que se movía, no era de los conocidos, parecía muy grande y ahí la vi, a esas avispas de alas de ese color que las llaman Jinetes del Diablo por su ferocidad, dicen que sus picaduras son  dolorosas, recordé a aquella que me había acompañado aquella vez mientras subía rumbo a mi platea en el pueblo.

Me detuve a mirarla iba cargando una gran araña, la había vencido sin que se defendiera, sin otra arma que ponerse delante y con sus antenas vibrar, para inyectarle luego una sustancia que la paralizaría.

La arrastraba a su guarida, donde depositaría su huevo en ella, para que cuando naciera su cría tuviera que comer, luego sellaría la cueva y se iría.

 

 

¡Qué extraño es esto en la Vida!, teniendo todas las posibilidades de concebir lo que fuera, se plasmaron estas formas de relación se crearon víctimas y victimarios, depredadores y depredados, extraño, a parte esta conducta que es tan sádica, lucubrada, tener al otro ahí sin moverse mientras se lo comen y tampoco permitirle que se muera.

Ni modo así está compaginado este mundo, la Vida en este plano, por algo será, eso sí parece una concepcón como la de Hannibal Lecter.

El camino seguía, los escalones de piedra ya nos marcaban que el pasaje se iba angostando, que había que cuidar las espinas, pues en el piso habían muchas de esas que se clavan y que uno las lleva y son muy estorbosas pues cuando menos se imagina se le incrustan.

 

 

«El día se viene lento

lo esperan rosadas nubes

para contarle del luto

que embarga a los hondos valles.»

 

Al fin llegamos a la explanada, que inmensidad tan bella, llena de pequeños cactus que con el sol que se ponía se iban pintando con su dorado.

 

 

Me senté en una piedra, llevábamos un muy buen tiempo de marcha, el viento comenzó a dejarse sentir, allí arriba sin nada que cobijara, el frío llegó con él, me quedé ida, mirando el paisaje que se abría delante, como los cactus relucían mientras la luz se apagaba.

El silencio invadía el espacio, la tormenta poco a poco se retiraba, no había dejado caer agua, nos había permitido disfrutar de esa llegada, por un camino un poco dificultoso en muchos de sus tramos, sin embargo valió la pena el hacerlo para encontrarse sumergida en esa visión, que no daba crédito de ella, de la belleza que nos rodea y sin embargo estamos a veces ciegos para verla.

 

 

Del otro lado sin mucho colorido por el contrario ennegrecido el Astro Rey se desvanecía y se retiraba de estos lares.

 

 

«Indio del triste silbo

tu canto lo tiene el monte

de noche lo dará al viento

pa´que lo arree por los aires.»

 

Era hora de regresar de retirarse, con un dejo de melancolía en el alma fui bajando, muy metida dentro de mí misma, se me habían abierto muchos canales, y las siluetas de esos hermosos gendarmes que custodian la región iban impregnando mis ojos para que no fallara el paso en un camino que a cada momento se iba volviendo más obscuro.

 

 

Ya la noche había llegado cuando vimos las primeras casas, separadas aún unas de otras, en mis ojos guardaba aquella explanada rodeada de montañas, aquellas nubes negras, aquella canción que no dejaba de dar vueltas y traían el sabor de otro terruño que se había insertado en estas tierras.

 

MÉXICO

 

 

Letra de la Canción:

«El Indio Muerto»

de Gerardo López

 

http://insolitanaturaleza.blogspot.com/2014/10/avispa-caza-tarantulas-pepsini.html

 

 

 

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4 comentarios en “CAMINO AL MONTE: LA GRAN EXPLANADA

    1. Así es Giana, que bueno que hayas podido estar en él, pues no es demasiado conocido fuera de la región. Eres a la primera uruguaya que conozco que sabe de él, te mando un abrazo grande y gracias por dejar este hermoso comentario.

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