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MBURUCUYÁ, LA FLOR DE LA PASIÓN

LA PASIONARIA

Me había metido dentro de los archivos de fotos que la verdad que son una calamidad con eso que el orden no se me da muy bien,  no lo tengo, no llegó a procesar todo lo que fotografío, tampoco los borro y ahí van quedando acumulados, a algunos los que ya habían llegado a un orden superior los había separado en colecciones, todo un avance que sin lugar a dudas facilita la tarea.

Un mal de cualquiera que se dedique a fotografiar y no lleve consigo el don de la moderación es llenarse de imágenes que no tienen objetivo, más ahora en estos tiempos con las cámaras digitales, pues antes con la de rollo uno pensaba dos veces o más antes de meterse a captar algo que le atraía.

Allí estaba limpiando un poco pues también son un peso muy grande que uno guarda en ese «cerebro» añadido que tenemos en la «pantallita» que nos acompaña.

Entré en la colección «Las Toscas», pues quería saber cuales fotos habían sido seleccionadas con anterioridad y escudriñando se me apareció la flor del Mburucuyá una planta muy del Uruguay nativo, más allá que no es endémica de él, se extiende por toda América y hay de diferentes colores, tamaños, más grandes, más pequeñas, algunas de una belleza embrujante.

Cuando era niña en el terreno que tenían unos vecinos  la descubrí, recuerdo  ir caminando por un mini sendero de tierra con plantas de ambos lados, algunas hojas por mi altura me tocaban la cara cuando pasaba bajo ellas, a otras tenía que alzar la mirada para observarlas, en un instante que iba saliendo de una especie de túnel que las hojas formaban, sin esperármelo cuando asomé, ahí apareció ella, justo frente a mi nariz y mi boca se abrió de ver esa hermosura ignorada que tenía delante de mis ojos, que para mirarla bien de cerca se habían vuelto bizcos.

Era asombrosa, era misteriosa, era sugerente, era un símbolo primitivo, me recordó a los indios que veía en la películas a esos personajes que también me cautivaban por la forma de vida que llevaban y sus dibujos.

Por un rato me quedé viéndola, sin moverme, su figura, ese mándala que formaba, sus pétalos, sus colores, sus antenas, esos flecos, ese todo que era ella misma.

-Ten cuidado con los Mangangá- me dijeron- que son unos abejorros amarillos y negros que espantan y hacen un sonido como de motor, donde ella está generalmente hay alguno revoloteando, pues los encanta.

Y sí ahí estaban dando vueltas.

El dueño me dijo cuando vio el asombro con el cual la admiraba que daba un fruto naranja y que cuando hubiera me avisaba para que lo probara.

Maravilloso fue ese día me acuerdo, había encontrado una belleza desconocida, muy diferente a todas las flores que hasta ese momento estaban en mi conocimiento y para más aventura me habían invitado a probar su fruto, lo cual hice un tiempo después. Desde ahí hasta bien grande me compartían algunos cuando maduraban.

A partir de ese momento en más la empecé a encontrar en muchas partes sobre todo en el monte donde crecían sueltas y resueltas, hasta que se empezó a poblar y no era una planta muy bien vista por los nuevos ocupantes que preferían otras más de jardín.

Desaparecieron por lo menos de los lugares en donde me movía.

Más de cincuenta años pasaron, muchos más, cuando un día en que estaba subiendo y bajando médanos ahí en Las Toscas, Uruguay, en un momento en que iba de bajada, hundiendo mis pies en la arena que los tapaba, de repente ese azul alilado brinco en el fondo claro y ahí la vi y exclamé con una alegría inmensurable:

-¡Un Mburucuyá!- hacía tanto que no veía uno, que el que se apareciera cuando menos lo esperaba fue una maravilla de encuentro.

 

 

Me senté a contemplarla, a decirle lo hermosa que era, la sorpresa que me había dado, el regocijo de tenerla cerca, a recordar todo aquello que había vivido de niña junto a ellas, esa belleza que había dejado una honda huella en mi alma.

Esa geometría primitiva y sagrada con que se vestía que me hechizaba.

Desde el cielo comenzaron a caer gotas  que bendecían al momento, mi cara se impregnó de ellas, iban dejando puntos más obscuros en la arena como si del cielo regaran estrellas, cuatro prodigiosas antenas enfocaban la hipnotizante escena.

¡Qué inesperado regalo!, regresar a ese momento, a ese instante en que de pequeña la descubrí y que me volviera a embargar ese sentir como la primera vez, encontrarse de nuevo con ese camino de goce que lleva a revivir la vivencia en otra circunstancia, ahí estaba ella de nuevo poblando la tierra, la pasionaria como también se le llama, creciendo sin que nadie la molestara y se presentaba entre las dunas cuando menos lo esperaba.

 

 

-Volveré a verte cuando des tus frutos

Así fue, regresé al tiempo y ahí estaban como esperándome, pedí permiso y tomé uno, después de tantos años volví a sentir ese sabor de un dulce suave que a sus pequeños granitos rojos los acompaña.

 

 

Agradecí infinitamente ese encuentro y después de ahí me empecé a dar cuenta que muchas casas la habían rescatado y la tenían en sus jardines como una habitante muy especial, para luego descubrir que en la que vivía había empezado a crecer una de ellas, aun estaba muy pequeñita apenas asomaba de la tierra.

No la pude ver florecer, me fui antes, más allá cuando lo hizo me enviaron esta foto para que la conociera.

 

 

Así llegó a la casa, como lo había hecho siempre, esparciendo la semilla  a través de los pájaros que comían su creación y así iba ganando terreno pero esta vez cobijada por una serie de mortales que la valoraban y le daban el lugar que le correspondía, de esa manera crecía libre conquistando y dándole un toque muy especial a la Vida.

 

LAS TOSCAS

URUGUAY

 

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GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!

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10 comentarios en “MBURUCUYÁ, LA FLOR DE LA PASIÓN

  1. Qué bonito texto. Me ha recordado mucho a mi infancia, porque cerca de mi casa, en un pueblo del norte de España, en Galicia, también crecía en un jardín y asomaba por el muro. Nunca he vuelto a ver esa flor desde entonces, pero la he reconocido enseguida porque me cautivó en su momento y siempre desviaba mi dirección cuando salía de casa para poder pasar por ahí y contemplar las flores. Ahora que lo pienso, es bastante que curioso que esta flor creciera aquí, pero ahora ya vivo muy lejos de aquel pueblecito como para ir a preguntar por la historia de su llegada…

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    1. Gracias Andrea, es maravillosa esa flor, cautiva apenas se le mira, parece ser que en la conquista fue llevada a España, no se si esta variación, pues esta es del sur de América de clima frío y la mayoría están en el trópico. Claro que para que resistiera el clima esta es la más idónea.
      Un abrazo grande

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  2. Es una flor bellísima y con un diseño de lo más original.
    Por aquí no se da de forma natural,.
    Muy lindo ese primer encuentro tuyo con la flor y su fruto. Ya de niña sabías apreciar los regalos de la naturaleza.
    Abrazo, Themis

    Le gusta a 1 persona

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