FLAMBOYÁN TEHUACÁN

EL DESIERTO EN ROJO

 

LOS FLAMBOYANES

 

El desierto nos recibió vestido de rojo, muy para la ocasión, como el fuego que bajaba de los Cielos, ese que hasta los bosques estaba haciendo arder.

Los incendios en la montaña se habían extendido, estaban en todo su esplendor, a pesar de estar alejados del lugar donde vivo, la cañada estaba invadida de un ahumado que le cubría con una capa tenue que hacía borrosa la visión.

El calor intenso, lo seco que está todo el suelo, que con cualquier situación se crea la llama, las quemas que se salen de control, arrasan con parte del bosque, de ese que se venía salvando de la tala indiscriminada.

La situación estaba medio complicada en el lugar, los ánimos alterados, el calor subía y subía, mejor salirse y nos fuimos al desierto, para calor, en él está el verdadero, ese que obliga a vivir la mañana amanecida y la puesta del sol, el resto del tiempo se queda metido bajo techo, esperando que en algún momento se levante una leve brisa que regale  frescura, pues andar por afuera es demasiado pesado.

En él habían florecido los flamboyanes, junto al jacaranda y a los lluvia de oro, son árboles que cada vez que los veo dan a mi corazón una gran alegría.

 

ÁRBOL LLUVIA DE ORO
ÁRBOL LLUVIA DE ORO. FOTO: Pepillo Leal

Son árboles para el regocijo, para quedarse embelesado mirando su colorido, sus dulces, tiernas flores, el contraste que ejercen en el lugar que están plantados y la suavidad con la que bañan el entorno.

Recuerdo que el primer flamboyán que vi fue en el Caribe, en la isla de Cozumel, era viejo, florecía con una soltura y una abundancia prodigiosa, lo rodeaban otros más pequeños, formaban como una pequeña isla de ellos.

 

FLAMBOYÁN TEHUACÁN

 

Era todo un deleite ir en la tarde y sentarse bajo su sombra, se disfrutaba.

Un día vino el progreso, ese al que no le gusta lo natural y rivaliza con ello, es como una aplanadora que arrasa con todo lo que encuentra a su paso que pueda tener un dejo de vida, salvo que le sirva para sus fines.

Sí, así va desmantelando lo que a la Naturaleza le costó años hacer crecer, no entiende de la belleza verdadera, la abate para plantar la creada por ellos, que no nutre de vida sino que la apaga, que va encementando toda la tierra para que una vez cubierta olvidemos de donde salimos.

Sin ningún escrúpulo, ni miramiento los derrumbó. Fue en pro del avance, de crear una sociedad desarrollada, en esta ocasión fue para que la calle se ensanchara, se pudieran estacionar vehículos, fue cuando comenzó a establecerse la idea de construir de acuerdo a las necesidades de los autos, fenómeno que ya está totalmente adoptado en esta época y que junto a la tecnología ya nos está comiendo no solo el habitat exterior sino además el interno.

Antes el lugar era un pueblo bicicletero,  con muy pocos ejemplares de motores rugientes, que han acarreado más problemas que beneficios, eso sí, crean la falsa comodidad a la raza humana y le dan status, los hacen sentir que son seres importantes, sin embargo esto es otra historia.

Después de derrumbar todo, ahora se quiere crear espacios verdes en donde sea, en paredes, techos, cajones, pues el aire como se le conocía cada día se va acabando más y bueno, parece que el oxígeno es importante para el ser humano, sin embargo antes de dejar su cuatro ruedas se prefiere andar con máscaras que lo provean.

Más allá cuando miraba desolada el árbol tumbado me preguntaba, para qué lo habían cortado sobre todo al árbol anciano, si igual podía haber sido integrado en los ajustes, claro lo hubiera podido contemplar alguien que tuviera el criterio estético unido al utilitario, que respetara la vida, no siempre se aunan es lo lamentable, pues no se educa por lo menos en el mundo occidental sobre estos temas o si se hace se desconocen pues la Economía, la Macro indudablemente es más importante que cualquier otra cosa y esa está muy lejos de ser humana.

Así fue la triste historia de esos flamboyanes que durante un tiempo fueron mi deleite y el rinconcito en donde después de ir a dar la vuelta, me sentaba a gozar de su sombra en el calor del trópico.

En casi todo los lugares de calor crecen, sus semillas suelen prender con cierta facilidad si les gusta el espacio, pues necesitan de éste para desplegarse.

 

FLAMBOYÁN TEHUACÁN

 

El desierto se había vestido con sus flores creando lluvia rojas-amarillas, al desprenderse del árbol.

Habíamos salido a caminar por un cerro que estaba atrás del lugar de hospedaje, veníamos subiendo la cuesta, por un sendero muy bien dibujado, más allá que tenía muchas piedras y había que ir atento, no era tanto el esfuerzo, al principio, otro día les cuento la historia.

De repente ahí en una casa lo encontré, estaba pintando con su color vivo en ese medio ambiente homogéneo y gris.

 

FLAMBOYÁN

 

Luego en la ciudad de Tehuacán por todas partes se les veía, en una cafetería donde son ellos que dan la sombra y ahora enseñorean el lugar.

 

FLAMBOYÁN

 

Por donde se caminara se los encontraba y en la plaza principal los árboles que la rodean son flamboyanes, ahí me puse a fotografiarlos.

 

FLAMBOYÁN

 

Pues fue tal el gozo de haberlo vuelto a ver después de tanto tiempo que todo mi cuerpo y mi alma se alegraron, vibraron con el sentir que le transmitía el árbol florecido, pues no me había topado con otro desde que habitaba en aquella isla del Caribe, por lo menos de las dimensiones que estos tenían.

 

FLAMBOYÁN

 

Hermosa Naturaleza que da color a la Vida, frescura, para todos aquellos que se detienen a mirar, a compartirla, a absorber con los sentidos sus nutrientes para fundirse con ella.

 

 

Zapotitlán

Tehuacán

México

 

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13 comentarios en “EL DESIERTO EN ROJO

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