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EL CAUCE DEL RIO SECO (5)

El silencio se volvió a hacer cargo del instante,

seguí avanzando, al salir de ese pasadizo natural, me encontré con un perro a una distancia prudencial.

Nos quedamos mirando como si los dos nos sorprendiéramos del encuentro, el venía caminando muy altivo con su cola parada, aunque no tenía un andar elegante, sino más bien aguerrido, como que se sentía seguro por donde andaba, e iba con total confianza, sin estar atento a sus movimientos y de repente me le aparecí delante, automáticamente bajó la cola y se puso en posición de defensa.

Me paré en seco y como tenía la cámara lista para disparar, así lo hice, sin quitarme los ojos de encima comenzó a ladrarme, me quedé quieta, mirándolo a hurtadillas, sin clavar la mirada en él, escondida detrás del sombrero, avanzaba y cada vez lo tenía más cercano a mí.

 

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Cuando de repente una nube de mosquitos me rodearon, zumbaban a mi alrededor y se aprovechaban a picarme sin ningún miramiento. Ni ellos me hicieron mover, mientras el can estaba a unos pocos pasos de donde me encontraba, ladrándome, crispado, con recelo, también él asustado, así lo parecía.

Algo dentro mío decía:

-Quieta, respira pausado, métete en ello, estás protegida, no importa lo que alrededor suceda, no te muevas de donde estás

En ese momento quién sabe salido de donde, apareció su dueño, machete en mano, me saludó hoscamente, como molesto, silbó a su perro y se internó por la alambrada, donde lo perdí de vista cobijado por los árboles.

Espanté a los zumbadores, aprovechados y di unos pasos, cuando de nuevo apareció el perro, esta vez, más enojado que antes, avanzaba hacia mí, con los pelos del lomo parados, mostrando los dientes, total y absolutamente alterado.

Me volví una estatua, ni un pelo se movía en mí, se acercó, a unos centímetros sin dejar su actitud, algo dentro mío se apaciguaba, el miedo y la sorpresa desaparecían, como si se esfumaran, me percibía como si fuera de piedra, me confundía con el suelo del cauce y solo respiraba pausada y concentrada.

Ya estaba tan cerca mío, que sentía el resoplar de su respiración, veía su hocico coronado por unos dientes filosos,  me encomendé a las fuerzas de los Cielos, qué otra cosa se podía hacer en ese instante, ya a unos centímetros de distancia su actitud cambió, me empezó a olfatear, dio un giro a mi alrededor y lamió mi mano que por un instante se refrescó y dejó de sentir los piquetes que la abrumaban.

Me había aceptado y se sentó a mi lado como esperando que caminara, así lo hice y el comenzó a seguirme, más allá que quería llegar a la misma piedra donde me había sentado en la primera vuelta, los zancudos no daban tregua era como si aparecieran de todas partes, formando nubes grises que se movían como en una danza densa.

Me quedé por unos momentos mirando a lo lejos, ese cauce de pedruscos y mi sombra que se extendía por ellos.

 

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Me ardía la poca piel que tenía al descubierto, sobre todo la de las manos, que habían servido de comida por un buen momento, más allá que la comezón pedía que la alivianara, nada hice con ella, aguanté y esperé que sola se desvaneciera.

Solo escuchaba mi adentro que decía: NO DEJES DE RESPIRAR.

Hasta que pasó los efectos y poco a poco las manos se fueron desentumiendo, a medida que regresaba para tomar el mismo sendero.

Ahora eran ellos quienes me corrían, sin que me dejaran llegar a donde quería, más allá que el miedo había desaparecido.

Saludé y agradecí al cauce esa enseñanza que me había dado, la inmutabilidad frente a los desenfrenos a los cuales me podía someter la Vida.

Así andando lentamente, reemprendí el camino de regreso, subiendo la cuesta, rodeada de los cactus columnares que ya se preparaban para recibir al atardecer que se acercaba.

 

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Iba volando en un sueño, muy consciente de todo lo que sucedía alrededor, me sabía que había enfrentado un miedo muy arcaico de dependencia y frente a mí se iba abriendo un camino nuevo, de fundición, de integración, de entrega a la Vida.

Los cactus marcados como siluetas parecían que platicaran entre ellos y en grupos se quedaran por momentos unidos en ese regocijo interno que llenaba mi corazón.

Había algo que volvía incrédulo al panorama a mi alrededor, sumado a ese sentirse total y absolutamente solo inmerso en un paisaje ilusorio por momentos sin embargo tan real que se extendía hasta perderse de vista.

Paso a paso fui llegando a la entrada, fui dirigiéndome hacía un lugar que no sabía para qué iba allí, no tenía mucho sentido, decía la razón, más allá que algo dentro hacía que siguiera, ahí estaba, ahí la encontré, entre unos cactus, la Virgen Morena, la Madre Tierra, la dueña absoluta de la Vida y la Naturaleza.

 

VIRGEN DE GUADALUPE

 

Se veía hermosa, me senté unos momentos a contemplarla, a honrarla, agradecerle su enseñanza y a gozar de ese encuentro entre presencias devenidas de los Cielos y que el hombre representa de acuerdo a su sentir y le llama de acuerdo a su voz, y la venera de acuerdo a sus prácticas, las honra de acuerdo a sus formas, y en cierta manera solo son eso formas de nombrarla, de representarla, de conmemorarla, no importa si esa imagen fue creada para un engaño, pues la fe de todos los que a ella la nutrieron la volvieron otra cosa, una fusión de sentimientos recogidos desde los primeros momentos que el ser humano tomó consciencia en esta Tierra.

 

ZAPOTITLÁN SALINAS

México

 

EL CAUCE DEL RIO SECO (1)

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4 comentarios en “EL CAUCE DEL RIO SECO (5)

  1. Son muy inspiradores estos paseos tuyos en los que siempre hay alguna enseñanza para la vida.
    Esta de hoy, la de no inmutarse ante lo desagradable o doloroso me gusta en especial.
    La foto de los cactus al atardecer es espectacular. Te felicito por ella y por tus narraciones, tan espirituales.
    Abrazo, Themis

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias Eva, es una forma de aprender, de tomar conciencia, de ubicarse en el ser interno, es entrar a otra frecuencia.

      Es que el atardecer en el desierto es algo espectacular y cambiará todos los días, hay veces que parecen irreales. Un abrazo

      Le gusta a 1 persona

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